
Uno de los últimos informes de Corrientes Subterráneas realizados por el Laboratorio de Conversación Pública, revela los mecanismos invisibles que moldean la percepción de la población local hacia quienes llegan al país, mostrando que no es un fenómeno aislado, sino que depende totalmente de una jerarquía racial y cultural.
Estigmas sobre el “otro” ajeno
Todo parte desde la idea colectiva sobre que el migrante es calificado como distinto y que no pertenece. En pocas palabras, una figura ajena a la identidad nacional. Un prejuicio que no solo marca diferencias, sino que asigna al extranjero en una escala de inferioridad.
Los prejuicios más severos se dirigen a migrantes provenientes de Venezuela y Colombia, agrupados coloquialmente como “caribeños”.
A estos grupos se les asocia comúnmente con los aumentos de violencia, narcotráfico, y el sicariato. Señalandoles a su vez en redes como “ruidosos” y “egolatras” características que crean tensión con la cultura chilena.
A medida que estas ideas se viralizan, también se intensifica la mirada racista y la sexualización. La persona deja de ser individuo y es reducido a estereotipos; su piel, su cuerpo o su forma de ser se convierten en categorías que lo definen.
La valoración selectiva de los “andinos”
En contraste con los grupos caribeños, se presenta una estimación hacia los migrantes de Perú y Bolivia, comúnmente denominados como “andinos”.
A esta “categoría” se les percibe con más afinidad cultural. Percepciones como personas esforzadas, honestas, y respetuosas, son algunas de las características que logran esta “simpatía” y mayor aceptación.
Otras peculiaridades que destacan son sus actitudes tranquilas y reservadas, lo que logra una integración más asequible con los ciudadanos chilenos, ya que al “no hacer ruido” se asemejan más a los comportamientos de la población.
El caso de la población Haitiana
En este gran mapa de prejuicios instalados por los internautas, los haitianos se posicionan en un lugar particular.
Por un lado, enfrentan estereotipos racistas marcados, también se les vincula con la portación de enfermedades -relación injustamente dictada ya que no hay respaldo-. Por otro lado, son respetados por su religiosidad, cortesía y humildad.
El informe nota que se les prefiere frente a los otros grupos porque dan una visión de que “ellos se adaptan” sin cuestionar las normas ya regidas por los locales. Una aceptación que, en el fondo, también está condicionada.
Cuando el discurso se instala
Los medios se posicionan como actores claves a la hora de consolidar estos prejuicios.
Por un lado, la cobertura mediática ha tendido a exhibir la migración como un “problema social”. No siempre de forma explícita, pero sí a través de asociaciones constantes con crisis, delincuencia o desorden, logrando que con el tiempo, esa repetición termine fijando una imagen que justifica la interiorización económica y moral de la población latinoamericana.
A esto se le suma la influencia de los discursos políticos y ciertas legislaciones. Frases como “ordenar la casa” o enfoques ligados a la seguridad nacional han contribuido a instalar la idea de que el migrante significa delincuencia y desorden, por lo tanto, es alguien que debe ser controlado.
De la cautela a la deshumanización
Uno de los hallazgos más inquietantes del estudio es la manera en cómo estos prejuicios escalan. Teniendo como principales prejuicios la desconfianza, la criminalización, y la deshumanización.
Asociaciones como “negritud”, y conductas antisociales, por ejemplo, son utilizadas no solo como discriminacion, sino como justificación para tener un control y una vigilancia constante sobre estos grupos, y terminan normalizandose.
Estos discursos llegan a su forma más extrema cuando el lenguaje deja de referirse a persona, sino como animal. Metáforas como “plagas” o “enemigo invasor” son solo unas de las tantas que se muestran en redes sociales, empujan el discurso hacia la animalización.
Se refleja que el problema deja de ser sólo simbólico. Por qué estos relatos concluyen en que Chile predomina un racismo simbólico que premia la sumisión y la similitud cultural. En ese escenario, la exclusión deja de parecer excepcional y pasa a justificarse como norma.
